
Si hacemos lo mismo en Extremadura, no prosperaremos, ni nos paralizaremos, sencillamente nos transportará la corriente hacia el atraso.
Mientras recogemos los ladrillos del suelo, advertimos que algo hay que hacer para cambiar el modelo productivo de Extremadura. Todos nos abrazamos a la construcción como maná y notamos que la prosperidad era espejismo pasajero. ¿Y ahora qué?
Señalaba un cubano que “no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante”, y tenía razón. Pero esto no ha de valer de consuelo, por cuanto los ciudadanos piden remedios a sus gobernantes, y con razón.
El contexto es hostil, la globalización, los cambios tecnológicos y la necesidad de sostener el medio ambiente han transformado la economía mundial en las últimas décadas. Tenemos que trabajar más y mejor, reducir el absentismo, formar bien a la gente, ganar en innovación y empresas que se sumen al reto.
Debemos incrementar la productividad, la educación y la formación para ser competitivos en el exterior.
La construcción seguirá siendo importante como pilar de crecimiento, aunque nunca volverá a ser lo que fuera. El turismo ha de encarar la competencia de mercados interiores y más allá de nuestras fronteras. Potenciar lo que encontramos bajo los ladrillos en nuestra tierra será fundamental: la industria agroalimentaria. Y la biotecnología, y los servicios avanzados, y la salud, y las distintas formas de producción energética sostenible, y la industria, esta última la gran olvidada.
La internacionalización de empresas grandes, medianas y pequeñas, sin complejos, porque las materias primas de calidad abundan. Y permitir que los sectores de futuro crezcan sin intromisión de la administración, porque estos no se descubren por ley, sino que los descubren las empresas.
Pero para lograr lo anterior hace falta que no engorde la deuda pública, porque adelgaza con anestesia, o lo hará irremediablemente sin ella. Al finalizar 2010 la aportación a la deuda pública española de nuestra región será de 1.500 millones de euros. Lejos de curas de adelgazamiento, se ha impuesto la obesidad en el gasto público, y el efecto será claro en Extremadura el próximo año: parálisis de las inversiones en infraestructuras.
Y hay que apostar por la investigación y el desarrollo, y la relación entre la universidad y la empresa, y aumentar el nivel de negocio de nuestras empresas, porque a mayor tamaño mayor nivel de innovación, de productividad y de comercialización.
Y preocuparse por los niños de hoy, que serán pilares del desarrollo del mañana. Inculcar una cultura de lo bien hecho, del esfuerzo, del emprendedor, una cultura industrial, hasta ahora desconocida.
Y mejorar las infraestructuras de carreteras, de ferrocarril, de telecomunicaciones...
Y por último, decir la verdad. Porque un cambio de modelo productivo no se hace en dos tardes, ni se logra en solitario con un diálogo del gobierno espigando interlocutores, ni tan siquiera con una voluntariedad autonómica. El verdadero cambio de modelo productivo parte desde el Estado, y ha de irradiarse hasta lo local, de la mano de los agentes sociales y los emprendedores.
Por eso Vara se equivoca al plantear un nuevo modelo productivo para Extremadura, sin cambios en la regulación estatal. Porque ni tiene competencias en energía, ni en materia laboral, ni en tributación y fiscalidad, ni puede considerarse Extremadura un ente aislado en el conjunto del Estado.
Soñar está bien, pero eso no puede frenar 110.000 parados en nuestra región…